miércoles, 17 de agosto de 2011

PROCLAMA POR CASANARE Guía para los indignados

Por Guillermo León Vargas Zapata
Profesor del ITEY
Viajero por los mundos de las matemáticas, la filosofía y la literatura.


INTRODUCCIÓN

La responsabilidad del escritor es presentar el problema de manera precisa, no la de ofrecer una solución.
Nicole Krauss

Acudo a la cita de Krauss para que me oriente y confronte en el escrito. Chejov nos lo dice de una manera más preciosa: “Hay dos cosas muy distintas, una es la presentación precisa del problema y la otra es la solución”; también Lenin terció en este asunto metodológico: “Se es parte del problema o parte de la solución”.
En efecto, no siempre quien plantea, devela o describe un problema, de cualquier tipo, cuenta con los poderes, competencias o herramientas para solucionarlo.

Me solventa la autoridad moral e intelectual de escribir esta reflexión el hecho de ser docente de carácter oficial y prestar mis servicios en la ciudad de Yopal. También motivado por los temas que se debaten en los programas de opinión que se emiten por emisoras de la ciudad.
Estoy convencido de que hay algo profundamente erróneo en la forma que hacemos la vida en Yopal y Casanare. Además, la solidaridad es un llamado de la ética práctica y comprender el  “ser uno entre vosotros”.

De la búsqueda del beneficio personal hemos hecho una virtud durante los últimos años. En verdad que la “búsqueda del beneficio personal” es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo, matizado de egoísmo, destajo y avaricia. Innegablemente que no podemos ser ingenuos. Hoy día todavía seguimos siendo víctimas del conflicto de intereses sustentado por dos de los negocios más sustentables que, aún, perviven: la corrupción y el narcotráfico, amalgamados por el conflicto armado interno y la delincuencia de todo pelambre. El “conflicto de intereses” es el nudo gordiano a desatar y superar, sin agraviar la vida, honra y bienes de nadie. Es una tarea de largo aliento, pero  urgente de empezar.

En época de crisis, incertidumbre y temor, nuestro deber es refundar la política, la Gran Política. Ello implica aprender a acercarnos y comunicarnos de manera civilizada. Nos acercamos a través del pensamiento y nos comunicamos a través del lenguaje, así que pensamiento y lenguaje son los instrumentos con que contamos los humanos para hacer la política, la Gran Política: diseñar e implementar las circunstancias en que podamos en conjunto vivir de forma que valga la pena. Hay algo profundamente erróneo en la forma  que vivimos hoy.

REPENSAR EL PASADO

Es deber  ético e histórico reconocer que la sociedad colombiana ha sido duramente golpeada y fracturada por un endiablado conflicto armado interno que, aún, es alentado por múltiples factores. Conflicto de mil cabezas y transmutaciones complejas que en Casanare tiene su particular origen, teatro de operaciones y razones por las que harían hablar a las armas. Testimonios hay que describen su accionar en las distintas esferas de la vida regional.

¿Qué hacer con ese pasado? ¿Qué hacer con el miedo incubado? ¿Cómo influye dicho conflicto en las decisiones por tomar? ¿Qué hacer con el conflicto?  En efecto, para la emancipación de la mente y del espíritu y potenciación del coraje, es imprescindible hacer primero un estudio de la historia de las opiniones. Desde luego, el pasado no fue ni tan bueno ni tan malo como imaginamos, sólo fue diferente. Soy de los que piensan que si en todo momento y lugar nos contamos historias nostálgicas, no será posible abordar los problemas que afrontamos en el presente, y lo mismo es cierto si preferimos creer y pregonar que el pasado inmediato fue mejor en todos los sentidos. Los prejuicios ideológicos nos enredan. Sin embargo, hay algo peor que idealizar el pasado reciente o presentarlo como una cámara de los horrores: olvidarlo. La memoria es la base de nuestra identidad.

El pasado tiene algo que enseñarnos: que nada es necesario ni inevitable, y que cuando las circunstancias cambian, también deberían cambiar las opiniones. Lo que quiero decir es que el pasado es un documento histórico que reclama una buena lectura y un aprendizaje acerca del hablar sobre él. De aquí se infiere que la mejor razón para esperar que no vayamos a reciclar los errores del pasado reciente es que ya los conocemos y también sus consecuencias.

DOCUMENTAR LA MEMORIA

Marx nos dice que “los acontecimientos y personajes importantes en la historia ocurren dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Esta idea no excluye la posibilidad de que, incluso,  las tragedias se repitan, por ello es conveniente permanecer en estado de alerta y alimentar la memoria a través de expresar y compartir nuestros instintos morales sobre la política pública.

¿Cómo no tener en la memoria, como gérmenes de nuestra desdicha, el delirio petrolífero de aquel gobernante que solía repartir, como desperdicio de las regalías, billetes contantes y sonantes a sus alucinados seguidores en las plazas públicas; o la decisión demencial de aquel otro, cuya terquedad sin límite se confunde con el realismo mágico, de armar una expedición de unos mil bachilleres para mandarla a estudiar becada a tierras extrañas? ¿Cómo no indignarnos ante las denuncias sobre el robo de tierra que aparecen en el documento “El despojo silencioso en Casanare” que circula por internet?  Remito a él. ¿Cómo no tener presentes los actos cabeza de procesos que se le siguen a “dignas personalidades” y a otras las tienen en prisión?

Claro que nos martilla en los tuétanos el recuerdo de familiares, amigos y allegados  asesinados, desaparecidos o desplazados de sus casas y parcelas en medio de un caldo social sazonado con dogmas irreconciliables e ideologías utilitarias de grupillos politiqueros a la vez enemigos y cómplices, y, por supuesto, que irrita ver por la internet el reportaje de CM& donde se explica el alto índice de corrupción en Casanare e ilustra con videos las obras inconclusas. De la misma manera indigna el estilo paranoide de aquellos que se rasgan las vestiduras ante la modificación del régimen de regalías, estilo que, al igual que un abrigo bien diseñado, oculta más de lo que deja ver; sirve, más bien,  para consolar el complejo de culpa y amordazar la mala conciencia.
Claro que disgusta que apenas una somera evaluación del gobierno ejecutado por Raúl Flórez produce una asombrosa lista de frustraciones y ansiedades. Razón tendrá la justicia de destituirlo.

CULTO A LA PRIVATIZACIÓN

Desde luego que impacienta e indigna el culto a la privatización de los bienes públicos. Hemos experimentado el traspaso continuado de los bienes y responsabilidades públicas al sector privado sin que ello haya representado beneficio colectivo evidente. Un servicio social básico e indispensable proporcionado por una empresa privada o subcontratada no se presenta como un bien colectivo al que podríamos acceder todos los ciudadanos. El ciudadano de a píe, que requiere con urgencia un servicio social, ya no acude de manera instintiva a la respectiva entidad del Estado o dependencia oficial, él queda a la intemperie desprotegido e impotente ante el enjambre burocrático y perverso de intermediaciones privadas.

De tal suerte que las relaciones de la sociedad con las entidades del Estado o entes oficiales han quedado reducidas al tráfico de influencias y a desobedecer a la autoridad. El tejido del sistema administrativo gubernamental, en todos los niveles, lo han destruido y desmantelado, por tanto, hemos quedado desintegrados en las cenizas de la individualidad y la mezquindad. Fenómeno que, sin duda, acrecienta la dificultad para comprender qué tenemos en común con los demás. ¿Si no hay nada que nos una como comunidad o como sociedad, entonces quedamos dependiendo de quién? ¿Del mesías? ¿Del pastor? ¿Del oportunista? ¿Del politiquero? ¿De quién? ¿De la Acción de Tutela?

Si no respetamos los bienes públicos, si no los defendemos a capa y espada,  si permitimos o fomentamos la privatización de los servicios públicos, del espacio y recursos  públicos y hasta los deberes y responsabilidades públicas, perdemos el sentido de que los intereses y las necesidades comunes deben predominar sobre las preferencias particulares y el beneficio individual. Y cuando dejamos de valorar más lo público que lo privado, estamos inclinados a valorar más el poder de la fuerza que el poder de la ley (bien público por excelencia): crece el desorden social.

POBREZA Y MÁS POBREZA

En un programa radial de opinión escuché decir a uno de los panelistas, palabras más, palabras menos: “Aquí hay personas que no tenían con qué echarle gasolina a la moto y hoy tienen grandes propiedades hasta en países vecinos”. La desigualdad económica agrava los problemas e incrementa la desconfianza recíproca.

De hecho, Adam Smith lo advirtió: “Ninguna sociedad puede progresar y ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y desdichados”. No podemos negar que los síntomas del empobrecimiento colectivo están a nuestro alrededor: desplazados, mala salud, alcoholismo, obesidad, proliferación de juegos de azar, delitos menores, criminalidad, mortalidad infantil, malnutrición, uso de drogas ilegales, corta esperanza de vida, desempleo, subempleo, informalidad, embarazo prematuro, oportunidades académicas perdidas, hacinamientos en los salones de clase, fracaso escolar, angustia y estrés, enfermedades y hasta la muerte prematura. ¡Maldita desigualdad! ¡Maldita pobreza!

La desigualdad social trae consigo unos factores o tendencias sumamente perjudiciales. De un lado, la desigualdad creciente convence a los individuos de que ésta es una condición natural de la vida sobre la que poco se podrá hacer; por otro, ser receptor de asistencia pública, ya como ayuda alimentaria para los hijos, un regalo, un mercado o un carné de sisbén se convierte en una marca de Caín: signo de fracaso personal y de miembro parásito de la sociedad; también apoca el interés por la políticas públicas orientadas al bienestar de los más necesitados, aumenta la insensibilidad hacia este sector que, por fuerza de la costumbre, termina rotulada como “gente problema”.

Lo infame es que los que se regocijan y deleitan con la desigualdad social y sus patologías perciben a los pobres y necesitados como personas que no tienen nada que los induzcan a ser útiles y dignos más que sus necesidades, que es sensato mitigar, pero absurdo eliminar. Claro que muchos se hacen ricos con las necesidades de los pobres. La disposición a admirar e idolatrar a los ricos y poderosos y a despreciar a las personas pobres y humildes es la más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales. Nuestros sentimientos morales también están corrompidos. Es un imposible evaluar nuestra situación política, social y económica o imaginar estrategias de mejoramiento en un vacío moral.

INSEGURIDAD,  TEMOR Y GOBERNABILIDAD

Vivimos en la era de la inseguridad: económica, física política. La inseguridad engendra temor y el temor corroe la confianza, la sensibilidad y la interdependencia en que se basan las sociedades civilizadas. La falta de confianza es incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad. Si no confiamos unos en otros el alma llanera, nuestras ciudades y municipios toman un aspecto horrible y, por tanto, serán lugares desagradables para vivir. ¿Qué Casanare queremos que hereden nuestros hijos y nietos?

Una reflexión crítica sobre la gobernabilidad en Casanare lo lleva a uno a concluir que el gobierno inherente a la Gobernación ya no es la solución para el departamento sino el problema. Pareciera que el gobernador ya no gobierna, apenas facilita ciertas cosas. “El gobernador se limita a facilitar a sus amigotes los medios para que se hagan más ricos”, decía en una reunión un contertulio. Si esto es así, gobernador pude ser cualquiera que no pueda gobernar.

En consecuencia, el llamado sería orientar la votación en las elecciones por la mejor propuesta de Gobernación, mejor programa para gobernar a Casanare o mejor agenda. Aquí se requiere la participación decidida de los indignados para ayudar a concebir el mejor tipo de gobernación que reclama Casanare. Si no lo hacen los indignados, lo harán otros.

¿Por qué nos resulta tan difícil imaginar otro tipo de gobernación? ¿O imaginar otro tipo de sociedad? ¿Qué nos impide concebir una forma distinta de organizarnos que nos beneficie mutuamente? ¿Estamos condenados por siempre a los bandazos entre las voluntades y decisiones de los corruptos?... ¿Dónde están los librepensadores? ¿Dónde están los intelectuales? ¿Dónde los académicos? ¿Los sindicalistas comprometidos? ¿Dónde están los pedagogos, los trabajadores, los profesionales jóvenes, comerciantes, artistas, escritores y periodistas indignados? ¿Dónde están los jóvenes indignados de Casanare? ¿Dónde está el alma llanera libertaria?

UNA CONVERSACION PÚBLICA RENOVADA

Sin  temor a equivocarme, me atrevo a decir que nos acompaña una incapacidad discursiva: simplemente ya no sabemos cómo hablar sobre lo que nos pasa ni cómo intentar soluciones viables. Estamos en el deber de redescubrir cómo hablar sobre el cambio y la renovación política; cómo imaginar formas muy diferentes de organización, alejadas de las peroratas demagógicas; distinguir entre fines deseables y medios inaceptables; conquistar la confianza y la comunicación  franca. Renovar la moral pública.

La renovación política es un acto de la voluntad. En efecto, esta tarea requiere el ingrediente básico de experimentar la indignación frente a nuestra condición presente y, además, el interés de conquistar la confianza en nuestro instinto moral: si una política o ejecutoria cualquiera nos parecen erróneos, estamos en el deber de encontrar las palabras para decirlo o denunciarlo, y también para ganar organización y participaciones colectivas. No pensaremos de otra forma sino hablamos y actuamos de otra forma, y no hablaremos y actuaremos de otra forma sino pensamos de otra forma (Parece una perogrullada, pero así es)

De hecho, los demagogos dicen a la gente qué pensar, cómo pensarlo y cómo decirlo, y cuando reciben el eco de sus órdenes se pavonean a declarar que sólo están expresando el sentir popular. Ese jueguito debe terminar. Es común escuchar  “todos los candidatos dicen  lo mismo, proponen lo mismo”, y,  en verdad, esto es así porque entre los candidatos no hay una alternativa o propuesta coherente, cohesiva e innovadora. Por ello se ha convertido en costumbre afirmar y sostener que todos los electores y ciudadanos queremos lo mismo y que lo único que podría variar un poco es la forma de conseguirlo. Esto es sencillamente falso: los ricos no quieren lo mismo que los pobres; los contratistas ejercitados en “los torcidos” no quieren lo mismo que los que se ganan la vida con su trabajo; los que se benefician de las distintas violencias no quieren lo mismo que los pacifistas; los docentes no quieren lo mismo que los recicladores. Las sociedades son complejas y acogen intereses conflictivos. Afirmar otra cosa no es más que favorecer unos intereses por encima de otros. ¿De acuerdo?

La consigna es mirar hacia adelante: ¿Qué queremos, por qué lo queremos y cómo conseguirlo? No podemos dejar el pasado a nuestras espaldas y limitarnos a cruzar los dedos. La política, como la naturaleza,  aborrece el vacío.

SE BUSCAN GOBERNANTES

Se buscan gobernantes (gobernador, alcaldes, diputados y concejales) que sepan gobernar, que entiendan y comprendan la problemática de Casanare y que cuenten con sólidas competencias morales, intelectuales y prácticas para diseñar e implementar planes y programas que realmente busquen el bienestar colectivo. Además, y sobre todo, que sean conscientes de que Colombia experimenta una inserción y encuadre en el ordenamiento internacional que nos exige ser observados de manera crítica y permanente por organismos nacionales e internacionales interesados en el estudio del conflicto armado interno y en la búsqueda de una solución negociada.

De hecho, es común darnos cuenta que en nuestro territorio hay miembros de organizaciones internacionales de derechos humanos, derecho internacional humanitario, resolución de conflictos, desplazamiento, rehabilitación de víctimas, política de reinserción; otras que tienen que ver con el comercio, la producción, el trabajo, el medio ambiente, la corrupción. Colombia tiene el compromiso de ser moderna, decente y civilizada, y nuestros gobernantes tienen el deber de sintonizarse con este propósito.

“Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”. Esta sentencia de Miguel de Cervantes Saavedra, a pesar de su lejanía en el tiempo, se ajusta como un guante a nuestra circunstancia y es apropiada como referencia visionaria de esta proclama.