miércoles, 17 de agosto de 2011

PROCLAMA POR CASANARE Guía para los indignados

Por Guillermo León Vargas Zapata
Profesor del ITEY
Viajero por los mundos de las matemáticas, la filosofía y la literatura.


INTRODUCCIÓN

La responsabilidad del escritor es presentar el problema de manera precisa, no la de ofrecer una solución.
Nicole Krauss

Acudo a la cita de Krauss para que me oriente y confronte en el escrito. Chejov nos lo dice de una manera más preciosa: “Hay dos cosas muy distintas, una es la presentación precisa del problema y la otra es la solución”; también Lenin terció en este asunto metodológico: “Se es parte del problema o parte de la solución”.
En efecto, no siempre quien plantea, devela o describe un problema, de cualquier tipo, cuenta con los poderes, competencias o herramientas para solucionarlo.

Me solventa la autoridad moral e intelectual de escribir esta reflexión el hecho de ser docente de carácter oficial y prestar mis servicios en la ciudad de Yopal. También motivado por los temas que se debaten en los programas de opinión que se emiten por emisoras de la ciudad.
Estoy convencido de que hay algo profundamente erróneo en la forma que hacemos la vida en Yopal y Casanare. Además, la solidaridad es un llamado de la ética práctica y comprender el  “ser uno entre vosotros”.

De la búsqueda del beneficio personal hemos hecho una virtud durante los últimos años. En verdad que la “búsqueda del beneficio personal” es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo, matizado de egoísmo, destajo y avaricia. Innegablemente que no podemos ser ingenuos. Hoy día todavía seguimos siendo víctimas del conflicto de intereses sustentado por dos de los negocios más sustentables que, aún, perviven: la corrupción y el narcotráfico, amalgamados por el conflicto armado interno y la delincuencia de todo pelambre. El “conflicto de intereses” es el nudo gordiano a desatar y superar, sin agraviar la vida, honra y bienes de nadie. Es una tarea de largo aliento, pero  urgente de empezar.

En época de crisis, incertidumbre y temor, nuestro deber es refundar la política, la Gran Política. Ello implica aprender a acercarnos y comunicarnos de manera civilizada. Nos acercamos a través del pensamiento y nos comunicamos a través del lenguaje, así que pensamiento y lenguaje son los instrumentos con que contamos los humanos para hacer la política, la Gran Política: diseñar e implementar las circunstancias en que podamos en conjunto vivir de forma que valga la pena. Hay algo profundamente erróneo en la forma  que vivimos hoy.

REPENSAR EL PASADO

Es deber  ético e histórico reconocer que la sociedad colombiana ha sido duramente golpeada y fracturada por un endiablado conflicto armado interno que, aún, es alentado por múltiples factores. Conflicto de mil cabezas y transmutaciones complejas que en Casanare tiene su particular origen, teatro de operaciones y razones por las que harían hablar a las armas. Testimonios hay que describen su accionar en las distintas esferas de la vida regional.

¿Qué hacer con ese pasado? ¿Qué hacer con el miedo incubado? ¿Cómo influye dicho conflicto en las decisiones por tomar? ¿Qué hacer con el conflicto?  En efecto, para la emancipación de la mente y del espíritu y potenciación del coraje, es imprescindible hacer primero un estudio de la historia de las opiniones. Desde luego, el pasado no fue ni tan bueno ni tan malo como imaginamos, sólo fue diferente. Soy de los que piensan que si en todo momento y lugar nos contamos historias nostálgicas, no será posible abordar los problemas que afrontamos en el presente, y lo mismo es cierto si preferimos creer y pregonar que el pasado inmediato fue mejor en todos los sentidos. Los prejuicios ideológicos nos enredan. Sin embargo, hay algo peor que idealizar el pasado reciente o presentarlo como una cámara de los horrores: olvidarlo. La memoria es la base de nuestra identidad.

El pasado tiene algo que enseñarnos: que nada es necesario ni inevitable, y que cuando las circunstancias cambian, también deberían cambiar las opiniones. Lo que quiero decir es que el pasado es un documento histórico que reclama una buena lectura y un aprendizaje acerca del hablar sobre él. De aquí se infiere que la mejor razón para esperar que no vayamos a reciclar los errores del pasado reciente es que ya los conocemos y también sus consecuencias.

DOCUMENTAR LA MEMORIA

Marx nos dice que “los acontecimientos y personajes importantes en la historia ocurren dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Esta idea no excluye la posibilidad de que, incluso,  las tragedias se repitan, por ello es conveniente permanecer en estado de alerta y alimentar la memoria a través de expresar y compartir nuestros instintos morales sobre la política pública.

¿Cómo no tener en la memoria, como gérmenes de nuestra desdicha, el delirio petrolífero de aquel gobernante que solía repartir, como desperdicio de las regalías, billetes contantes y sonantes a sus alucinados seguidores en las plazas públicas; o la decisión demencial de aquel otro, cuya terquedad sin límite se confunde con el realismo mágico, de armar una expedición de unos mil bachilleres para mandarla a estudiar becada a tierras extrañas? ¿Cómo no indignarnos ante las denuncias sobre el robo de tierra que aparecen en el documento “El despojo silencioso en Casanare” que circula por internet?  Remito a él. ¿Cómo no tener presentes los actos cabeza de procesos que se le siguen a “dignas personalidades” y a otras las tienen en prisión?

Claro que nos martilla en los tuétanos el recuerdo de familiares, amigos y allegados  asesinados, desaparecidos o desplazados de sus casas y parcelas en medio de un caldo social sazonado con dogmas irreconciliables e ideologías utilitarias de grupillos politiqueros a la vez enemigos y cómplices, y, por supuesto, que irrita ver por la internet el reportaje de CM& donde se explica el alto índice de corrupción en Casanare e ilustra con videos las obras inconclusas. De la misma manera indigna el estilo paranoide de aquellos que se rasgan las vestiduras ante la modificación del régimen de regalías, estilo que, al igual que un abrigo bien diseñado, oculta más de lo que deja ver; sirve, más bien,  para consolar el complejo de culpa y amordazar la mala conciencia.
Claro que disgusta que apenas una somera evaluación del gobierno ejecutado por Raúl Flórez produce una asombrosa lista de frustraciones y ansiedades. Razón tendrá la justicia de destituirlo.

CULTO A LA PRIVATIZACIÓN

Desde luego que impacienta e indigna el culto a la privatización de los bienes públicos. Hemos experimentado el traspaso continuado de los bienes y responsabilidades públicas al sector privado sin que ello haya representado beneficio colectivo evidente. Un servicio social básico e indispensable proporcionado por una empresa privada o subcontratada no se presenta como un bien colectivo al que podríamos acceder todos los ciudadanos. El ciudadano de a píe, que requiere con urgencia un servicio social, ya no acude de manera instintiva a la respectiva entidad del Estado o dependencia oficial, él queda a la intemperie desprotegido e impotente ante el enjambre burocrático y perverso de intermediaciones privadas.

De tal suerte que las relaciones de la sociedad con las entidades del Estado o entes oficiales han quedado reducidas al tráfico de influencias y a desobedecer a la autoridad. El tejido del sistema administrativo gubernamental, en todos los niveles, lo han destruido y desmantelado, por tanto, hemos quedado desintegrados en las cenizas de la individualidad y la mezquindad. Fenómeno que, sin duda, acrecienta la dificultad para comprender qué tenemos en común con los demás. ¿Si no hay nada que nos una como comunidad o como sociedad, entonces quedamos dependiendo de quién? ¿Del mesías? ¿Del pastor? ¿Del oportunista? ¿Del politiquero? ¿De quién? ¿De la Acción de Tutela?

Si no respetamos los bienes públicos, si no los defendemos a capa y espada,  si permitimos o fomentamos la privatización de los servicios públicos, del espacio y recursos  públicos y hasta los deberes y responsabilidades públicas, perdemos el sentido de que los intereses y las necesidades comunes deben predominar sobre las preferencias particulares y el beneficio individual. Y cuando dejamos de valorar más lo público que lo privado, estamos inclinados a valorar más el poder de la fuerza que el poder de la ley (bien público por excelencia): crece el desorden social.

POBREZA Y MÁS POBREZA

En un programa radial de opinión escuché decir a uno de los panelistas, palabras más, palabras menos: “Aquí hay personas que no tenían con qué echarle gasolina a la moto y hoy tienen grandes propiedades hasta en países vecinos”. La desigualdad económica agrava los problemas e incrementa la desconfianza recíproca.

De hecho, Adam Smith lo advirtió: “Ninguna sociedad puede progresar y ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y desdichados”. No podemos negar que los síntomas del empobrecimiento colectivo están a nuestro alrededor: desplazados, mala salud, alcoholismo, obesidad, proliferación de juegos de azar, delitos menores, criminalidad, mortalidad infantil, malnutrición, uso de drogas ilegales, corta esperanza de vida, desempleo, subempleo, informalidad, embarazo prematuro, oportunidades académicas perdidas, hacinamientos en los salones de clase, fracaso escolar, angustia y estrés, enfermedades y hasta la muerte prematura. ¡Maldita desigualdad! ¡Maldita pobreza!

La desigualdad social trae consigo unos factores o tendencias sumamente perjudiciales. De un lado, la desigualdad creciente convence a los individuos de que ésta es una condición natural de la vida sobre la que poco se podrá hacer; por otro, ser receptor de asistencia pública, ya como ayuda alimentaria para los hijos, un regalo, un mercado o un carné de sisbén se convierte en una marca de Caín: signo de fracaso personal y de miembro parásito de la sociedad; también apoca el interés por la políticas públicas orientadas al bienestar de los más necesitados, aumenta la insensibilidad hacia este sector que, por fuerza de la costumbre, termina rotulada como “gente problema”.

Lo infame es que los que se regocijan y deleitan con la desigualdad social y sus patologías perciben a los pobres y necesitados como personas que no tienen nada que los induzcan a ser útiles y dignos más que sus necesidades, que es sensato mitigar, pero absurdo eliminar. Claro que muchos se hacen ricos con las necesidades de los pobres. La disposición a admirar e idolatrar a los ricos y poderosos y a despreciar a las personas pobres y humildes es la más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales. Nuestros sentimientos morales también están corrompidos. Es un imposible evaluar nuestra situación política, social y económica o imaginar estrategias de mejoramiento en un vacío moral.

INSEGURIDAD,  TEMOR Y GOBERNABILIDAD

Vivimos en la era de la inseguridad: económica, física política. La inseguridad engendra temor y el temor corroe la confianza, la sensibilidad y la interdependencia en que se basan las sociedades civilizadas. La falta de confianza es incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad. Si no confiamos unos en otros el alma llanera, nuestras ciudades y municipios toman un aspecto horrible y, por tanto, serán lugares desagradables para vivir. ¿Qué Casanare queremos que hereden nuestros hijos y nietos?

Una reflexión crítica sobre la gobernabilidad en Casanare lo lleva a uno a concluir que el gobierno inherente a la Gobernación ya no es la solución para el departamento sino el problema. Pareciera que el gobernador ya no gobierna, apenas facilita ciertas cosas. “El gobernador se limita a facilitar a sus amigotes los medios para que se hagan más ricos”, decía en una reunión un contertulio. Si esto es así, gobernador pude ser cualquiera que no pueda gobernar.

En consecuencia, el llamado sería orientar la votación en las elecciones por la mejor propuesta de Gobernación, mejor programa para gobernar a Casanare o mejor agenda. Aquí se requiere la participación decidida de los indignados para ayudar a concebir el mejor tipo de gobernación que reclama Casanare. Si no lo hacen los indignados, lo harán otros.

¿Por qué nos resulta tan difícil imaginar otro tipo de gobernación? ¿O imaginar otro tipo de sociedad? ¿Qué nos impide concebir una forma distinta de organizarnos que nos beneficie mutuamente? ¿Estamos condenados por siempre a los bandazos entre las voluntades y decisiones de los corruptos?... ¿Dónde están los librepensadores? ¿Dónde están los intelectuales? ¿Dónde los académicos? ¿Los sindicalistas comprometidos? ¿Dónde están los pedagogos, los trabajadores, los profesionales jóvenes, comerciantes, artistas, escritores y periodistas indignados? ¿Dónde están los jóvenes indignados de Casanare? ¿Dónde está el alma llanera libertaria?

UNA CONVERSACION PÚBLICA RENOVADA

Sin  temor a equivocarme, me atrevo a decir que nos acompaña una incapacidad discursiva: simplemente ya no sabemos cómo hablar sobre lo que nos pasa ni cómo intentar soluciones viables. Estamos en el deber de redescubrir cómo hablar sobre el cambio y la renovación política; cómo imaginar formas muy diferentes de organización, alejadas de las peroratas demagógicas; distinguir entre fines deseables y medios inaceptables; conquistar la confianza y la comunicación  franca. Renovar la moral pública.

La renovación política es un acto de la voluntad. En efecto, esta tarea requiere el ingrediente básico de experimentar la indignación frente a nuestra condición presente y, además, el interés de conquistar la confianza en nuestro instinto moral: si una política o ejecutoria cualquiera nos parecen erróneos, estamos en el deber de encontrar las palabras para decirlo o denunciarlo, y también para ganar organización y participaciones colectivas. No pensaremos de otra forma sino hablamos y actuamos de otra forma, y no hablaremos y actuaremos de otra forma sino pensamos de otra forma (Parece una perogrullada, pero así es)

De hecho, los demagogos dicen a la gente qué pensar, cómo pensarlo y cómo decirlo, y cuando reciben el eco de sus órdenes se pavonean a declarar que sólo están expresando el sentir popular. Ese jueguito debe terminar. Es común escuchar  “todos los candidatos dicen  lo mismo, proponen lo mismo”, y,  en verdad, esto es así porque entre los candidatos no hay una alternativa o propuesta coherente, cohesiva e innovadora. Por ello se ha convertido en costumbre afirmar y sostener que todos los electores y ciudadanos queremos lo mismo y que lo único que podría variar un poco es la forma de conseguirlo. Esto es sencillamente falso: los ricos no quieren lo mismo que los pobres; los contratistas ejercitados en “los torcidos” no quieren lo mismo que los que se ganan la vida con su trabajo; los que se benefician de las distintas violencias no quieren lo mismo que los pacifistas; los docentes no quieren lo mismo que los recicladores. Las sociedades son complejas y acogen intereses conflictivos. Afirmar otra cosa no es más que favorecer unos intereses por encima de otros. ¿De acuerdo?

La consigna es mirar hacia adelante: ¿Qué queremos, por qué lo queremos y cómo conseguirlo? No podemos dejar el pasado a nuestras espaldas y limitarnos a cruzar los dedos. La política, como la naturaleza,  aborrece el vacío.

SE BUSCAN GOBERNANTES

Se buscan gobernantes (gobernador, alcaldes, diputados y concejales) que sepan gobernar, que entiendan y comprendan la problemática de Casanare y que cuenten con sólidas competencias morales, intelectuales y prácticas para diseñar e implementar planes y programas que realmente busquen el bienestar colectivo. Además, y sobre todo, que sean conscientes de que Colombia experimenta una inserción y encuadre en el ordenamiento internacional que nos exige ser observados de manera crítica y permanente por organismos nacionales e internacionales interesados en el estudio del conflicto armado interno y en la búsqueda de una solución negociada.

De hecho, es común darnos cuenta que en nuestro territorio hay miembros de organizaciones internacionales de derechos humanos, derecho internacional humanitario, resolución de conflictos, desplazamiento, rehabilitación de víctimas, política de reinserción; otras que tienen que ver con el comercio, la producción, el trabajo, el medio ambiente, la corrupción. Colombia tiene el compromiso de ser moderna, decente y civilizada, y nuestros gobernantes tienen el deber de sintonizarse con este propósito.

“Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”. Esta sentencia de Miguel de Cervantes Saavedra, a pesar de su lejanía en el tiempo, se ajusta como un guante a nuestra circunstancia y es apropiada como referencia visionaria de esta proclama.

lunes, 7 de febrero de 2011

2011: AÑO ELECTORAL (Primera Parte)

Por Guillermo León Vargas Zapata

Profesor ITEY gleonvaz@yahoo.es

Los politólogos nos aconsejan que, cuando las sociedades se encuentran  en crisis y se hacen intentos de superarla, la mejor decisión sea refundar la política. Pensar este postulado para el caso particular de Casanare, nos exige responder, por lo menos, las siguientes inquietudes: ¿se encuentra Casanare sumida en alguna crisis? ¿Está la sociedad casanareña dispuesta a emprender acciones para superarla?

Es común escuchar, en los distintos sectores sociales, voces que confirman la existencia de crisis en Casanare. En efecto, además de la presencia de grupos armados, que imponen líneas de conducta, hace carrera el asalto o captura de las estructuras administrativas de poder por la alianza de dichos grupos armados y políticos corruptos. En consecuencia, la corrupción es la matriz de todas las otras crisis; mejor dicho, los corruptos son los generadores de crisis. ¿Pueden los ciudadanos poner en cintura a los corruptos? ¿Cómo distinguir en el proceso electoral una candidatura corrupta?

En relación con la segunda inquietud, pienso que la sociedad Casanareña sí cuenta con la disposición para emprender acciones que apunten a superar la corrupción. Prueba de ello se notó en la actitud asumida ante el hecho de la reglamentación de las regalías. Esta actitud de rechazo a la corrupción se multiplicaría  si se lograra integrar algún mecanismo organizativo que se encargue de agitar dicha decisión patriótica. Y como docente, entiendo y comprendo que el magisterio, como sector social comprometido con la ilustración, la justicia y la equidad, sería la mejor alternativa humana para asumir la mencionada tarea. (En la próxima columna hablaré sobre esta alternativa).

Refundar la política es un asunto de la civilidad y la modernidad con el fin de rescatarla de las manos de los corrompidos. Si empezamos por determinarle a la política un nuevo horizonte de sentido o significatividad, entonces estamos dando   los primeros pasos hacia su refundación. Así que entiendo por Política la posibilidad que tenemos las personas de acercarnos y comunicarnos guiados u orientados por algún interés. Nos acercamos a través del pensamiento y nos comunicamos a través del lenguaje;  así que pensamiento y lenguaje constituyen
La base de la política, su razón de ser.

Poner en acción el pensamiento y el lenguaje, es decir, desplegar la práctica política, exige dilucidar unas pretensiones de validez o enunciaciones con fuerza de legalidad: la verdad, la rectitud, la sinceridad y la comprensión. De modo que “hacer política” exige la verdad (en lo que se dice o hace no hay engaño), exige la rectitud (en lo que se dice o hace no se violenta o atropella la soberanía de nadie), exige sinceridad (en lo que se dice o hace hay franqueza, se dice lo que se piensa) y exige comprensión (una expresión o un hacer que se entienda por los receptores o espectadores)

En conclusión, una buena práctica política se configura desde la verdad, la rectitud, la sinceridad y la comprensión. Intente descubrir estas dimensiones humanas en su candidato, si no las encuentra dele la espalda, busque otro.









A PROPOSITO DE LA ROTACIÓN DE RECTORES

Por Guillermo León Vargas Zapata.
Profesor ITEY gleonvaz.blogspot.com

Oportuno decir que al término de esta reflexión aún no se sabía de la suerte de la rotación de rectores.

Uno de mis últimos artículos de 2010, publicado aquí en Hola Casanare, fue La Rotación de Docentes Directivos. Allí, entre otras cosas, decía: “Comprendamos que la institución escolar es un patrimonio público, un bien de la sociedad que reclama de nuestra participación y vigilancia en el servicio que oferta; y los que en ella nos desempeñamos somos servidores públicos que, para bien y para mal, estamos expuestos a los juicios valorativos de la sociedad. A la sociedad le asiste el deber de vigilar a los centros escolares.” Es importante tener presente esta idea-fuerza si se analiza   la rotación de rectores.
En otro de los apartes expreso: “Ante el habitual fracaso escolar, expertos en educación recomiendan afinar la mirada y el análisis hacia el interior de los colegios, hacia la manera como se administran e implementan los diseños curriculares, de tal manera que se develen sus mecanismos administrativos y organizativos  y el conjunto de significados y mandatos que transmiten. ¿Por qué la recomendación? Las razones son múltiples, pero la básica es el mito que, a través de los años,  se ha logrado aferrar o consolidar en muchas mentes: Los directivos docentes de las instituciones públicas formales son inamovibles, insustituibles, y el cuestionamiento de la estructura organizativa que logran hilar es motivo de exclusión, señalamiento y persecución.”
De tal suerte, en principio y como docente al servicio de la educación pública, comparto la rotación o traslado de docentes directivos, profesores y estudiantes en el marco de una propuesta educativa. Ahora bien, la administración politíca-admistrativa de Yopal – como ente territorial certificado en educación -  tomó  la decisión de ordenar algunas rotaciones de rectores. Esta decisión me anima a aportar algunos elementos de reflexión.
Pienso que compartimos la idea de que la reflexión crítica no hay que dejarla caer en estrechos escenarios emocionales de intereses personales, o de actuaciones intrigantes de “llevar y traer murmullos”,  o de modelos maniqueos como “el que no está conmigo, está contra mí” y, ante todo, de triquiñuelas politiqueras que,  desde el impulso populista, convierten las necesidades humanas en esquemas de pensamiento que impiden soluciones ecuánimes y modernizantes. En consecuencia, la controversia requiere desplegarse a espacios donde se comprenda que la suerte de las instituciones escolares está siempre presente en las comunidades y agentes educativos como tema público vital, y donde la fuerza de la razón argumentativa posibilite la sinergia necesaria para trabajar juntos por la educación pública. La educación pública clama por dolientes comprometidos.
Siendo así, pienso que a Yopal y a los rectores les conviene la rotación por cuanto ella incuba en el ámbito educativo, y más específicamente en los colegios, espacios o ambientes sicosociales fértiles para impulsar iniciativas de mejoramiento  institucional. El mejoramiento institucional pasaría a un imperativo. Para cualquier rector, comprometido realmente con la educación pública, el cambio de colegio es la mejor ocasión para promoverse como persona, como trabajador de la ciencia y la cultura y como soporte del saber pedagógico. Es una oportunidad excelente para sistematizar su legado y experiencia como directivo docente; los cambios generan nuevas expectativas y nuevos horizontes de sentido. En verdad, me resisto a creer que la negativa de algunos rectores a ser rotados no consista en no querer ni en no poder, sino en no saber qué saber-hacer en su nuevo escenario de desempeño. Me temo que todos los rectores se nieguen a la rotación.
Señor Secretario de Educación, la rotación de rectores sin una carta de navegación, sin una hoja de ruta o sin un plan de mejoramiento institucional, la iniciativa pude irse  al traste y, por tanto,  a una lamentable frustración.



domingo, 16 de enero de 2011

LA ROTACIÓN DE DOCENTES DIRECTIVOS

Por Guillermo León Vargas Zapata
Profesor ITEY gleonvaz@yahoo.es

Hay reflexiones que requieren, para asegurar ser comprendidas, se les defina algunos conceptos que hacen las veces de hilos conductores. Para el caso, comprendamos que la institución escolar es un patrimonio público, un bien de la sociedad que reclama de nuestra participación y vigilancia en el servicio que oferta; y los que en ella nos desempeñamos somos servidores públicos que, para bien y para mal, estamos expuestos a los juicios valorativos de la sociedad. A la sociedad le asiste el deber de vigilar a los centros escolares.

Asimismo, comprendamos que la dimensión productiva de una persona es la capacidad que posee para hacer uso de sus poderes congénitos en las realizaciones personales: poder de = capacidad (poder-capacidad) y poder sobre = dominio (poder-dominio) El poder-dominio toma vida o se despliega cuando se logra inmovilizar o entorpecer el poder-capacidad. La capacidad de hacer uso productivo de sus poderes es la potencia de una persona, la incapacidad es la impotencia.

En este marco de comprensión, adquieren sentido especial interrogantes como: ¿qué significa el enunciado constitucional que define a la educación colombiana como pública? ¿Dónde se discuten las políticas educativas en los entes territoriales? ¿Desde dónde y cómo se orientan las políticas educativas para las instituciones escolares? ¿Cómo se gestionan los recursos para éstas, cómo se asignan? ¿De qué manera se evalúan las administraciones escolares? ¿Cómo se administran los colegios? ¿Funciona en éstos el gobierno escolar? ¿Cómo se experimentan en los centros escolares las relaciones entre sus estamentos? ¿Quién le pide cuentas a las instituciones escolares, quién las da y cómo? Como ven, es imperativo que la suerte de las instituciones educativas esté siempre presente en la comunidad como tema de discusión.

Ante el habitual fracaso escolar, expertos en educación recomiendan afinar la mirada y el análisis hacia el interior de los colegios, hacia la manera como se administran e implementan los diseños curriculares, de tal manera que se develen sus mecanismos administrativos y organizativos  y el conjunto de significados y mandatos que transmiten. ¿Por qué la recomendación? Las razones son múltiples, pero la básica es el mito que, a través de los años,  se ha logrado aferrar o consolidar en muchas mentes: Los directivos docentes de las instituciones públicas formales son inamovibles, insustituibles, y el cuestionamiento de la estructura organizativa que logran hilar es motivo de exclusión, señalamiento y persecución. En lo que sigue,  pretendo reflexionar sobre el particular.

Los entendidos en las cuestiones educativas formales sostienen que una excelente administración escolar es el resultado de saber desplegar el poder-capacidad por parte del rector o rectora, persona responsable de la suerte de la institución. El poder-capacidad garantiza una vida escolar productiva; un ambiente de trabajo gratificante y coordinado; armonía eficiente entre las diferentes áreas de gestión; una comunicación fluida, abierta, sincera y democrática; una colectividad con sentido de pertenencia. En fin, una excelente institución.

No cabe duda de que la realidad es otra. Investigaciones muestran que, en su gran mayoría, los directivos docentes – ante todo rectores y rectoras – al poco tiempo de haberse posesionado en el cargo,  empiezan a desplegar el poder-dominio. Desde luego que esta metamorfosis viene acompañada de mutaciones psicológicas, culturales, antropológicas, intelectuales, emocionales y económicas. La primera seña de la mutación es integrar un grupo de docentes que le sirva de escudero y a través de él “administrar” la institución.  El poder-dominio se legitima y “el que no esté conmigo, está contra mí”. El centro escolar se vuelve un infierno.

Es por ello que se recomienda rotar periódicamente a los directivos docentes. Cada cinco años en un tiempo prudente. Se abre la discusión reflexiva.


RE – CREAR AL MAESTRO Y SU FUNCIÓN

Por Guillermo León Vargas Zapata
Profesor ITEY gleonvaz@yahoo.es

Marchábamos los maestros de la Alcaldía a la Gobernación denunciando la precariedad del servicio en salud que nos presta Colombiana de Salud y exigiendo su mejoría cuando un padre de familia, apostado en la vera de la marcha, quiso informarse del porqué suspendíamos las clases,  del porqué dejábamos a los alumnos sin clases. La actitud del padre de familia como que molestó a algunos colegas porque la compañera que controlaba el micrófono intentaba, algo irritada,  responderle.  “Cuando los docentes marchamos exigiendo mejoría en el servicio de salud, también estamos reclamando por la salud de los padres de familia, de sus hijos y del pueblo en general”, empezó a salir a borbotones por los altoparlantes, y un coro machacaba “! Compañero mirón, únete al montón! ” “! El maestro luchando, también está educando!” “! El pueblo unido, jamás será vencido!”

Soy de los que piensan que esto también es lo que tiene que cambiar, cambiar la estrategia de hacernos sentir, de exigir nuestros derechos y de ganar la simpatía de amplios sectores sociales. Esta es la gran revolución que planteó el Movimiento Pedagógico, pero que un sector arcaico, dogmático y sectario de FECODE se empeñó en torpedear de manera sistemática. Es necesario que volvamos la atención hacia lo esencial, hacia lo fundamental, hacia la Pedagogía y el conocimiento. Muy triste y deplorable decir que un grueso grupo de maestros la tomado distancia de la Pedagogía y se ha refugiado en una práctica educativa estéril, rutinaria, autoritaria y que perpetúa el estado de cosas.

Bajo esta perspectiva, sospecho – junto con un sinnúmero de colegas – que el eterno conflicto entre maestros y el gobierno no es más que una sutil estrategia de la que se benefician expresiones políticas e ideológicas enquistadas en el magisterio y, también, el propio gobierno para destruirnos la dignidad, usurparnos nuestra identidad profesional y señalarnos de cómplices con aquellos que no les interesa que nuestro pueblo se eduque y progrese. ¡Basta de seguir haciéndole el juego a esta trampa ideológica! Necesitamos recrearnos como personas y profesionales de la Pedagogía y modernizar nuestro quehacer.

Indicación de la mencionada estrategia es que el Estado asume que nosotros los maestros no podemos pensar ni diseñar alternativas innovadoras en educación, y, entonces, nos determina – con pelos y señales – todo lo que debemos enseñar, cómo, cuándo, en qué tiempo y en qué orden. Y nosotros le hacemos el juego: no hacemos esfuerzo por superarnos, no producimos alternativas, le sacamos el cuerpo a los compromisos y todo nos da pereza. FECODE ni los sindicatos seccionales cuentan con proyectos pedagógicos alternativos, viables y aglutinantes.

En este horizonte de sentido, sólo un maestro que tome la decisión de ser participativo, constructor de Estado, soporte del saber pedagógico, de la ciencia y la cultura puede ser un transformador social. Sólo un maestro que cultiva el gusto por el arte y la vida, puede formar niños sanos, alegres, libres, seguros y conscientes de sus derechos y deberes.




¿Y DE LA ESCUELA QUÉ?

Llegó a mis manos un ejemplar del periódico HOLA CASANARE, leí con atención su editorial Modelo para un Buen Gobierno. En síntesis, contempla tres ideas:

Primera: “Un buen gobierno es el que se encarga de suscitar las condiciones necesarias para un mandato ordenado,… es aquel que no sólo encamina sus intereses sino también sus acciones para el beneficio colectivo.”

Segunda: “En la Constitución de 1991 se le otorga al pueblo facultades como veedor y la posibilidad de ser la esencia y centro de consulta para la formalización  de políticas publicas  y velar para que las acciones del gobierno estén encaminadas desde los principios de transparencia, oportunidad e igualdad al beneficio común”.

Tercera: “¿Cómo y qué debemos hacer los casanareños y yopaleÑos para hacer que las acciones de nuestros gobernantes estén encaminadas a construir desde su ejercicio de mandatarios políticas públicas y decisiones administrativas que contribuyan a hacer modelos de buen gobierno? En gran parte se trata de poner en práctica verdaderos valores morales y éticos”.

Por último, nos hace la invitación para que “seamos parte de la construcción de un buen gobierno”.

Terminé la lectura con una sensación de vacío y exclusión, algo le faltaba a la propuesta. Como docente, me pregunto: ¿y de la escuela qué?, ¿por qué la costumbre de no tener presente a la escuela en los hechos importantes?,  ¿será que se cree que la escuela no piensa ni opina?, ¿qué es la escuela para los gobernantes?, ¿cómo podría la escuela hacer parte del proceso de concebir e implementar un buen gobierno?

En lo que sigue,  intento  mostrar que la escuela podría jugar un papel relevante en dicho proceso.

Cuando se afrontan temas complicados, como el que nos ocupa, es aconsejable comenzar por lo más obvio que, por supuesto, no siempre es lo más evidente. En este caso, lo elemental es comenzar por decir que la Escuela (colegios, institutos y universidades) es la institución,  legitimada por la sociedad y el Estado, encargada de preparar a niños y jóvenes para que se integren proactivamente al quehacer de la sociedad. Como vemos, la escuela cuenta en la construcción de un buen gobierno. Pero, ¿qué clase de escuela?

Es precisamente aquí, en su propia misión, donde salta la pregunta acerca de la responsabilidad que le corresponde a la escuela y al sector educativo en el tipo de ciudadanos que hacen parte hoy de la sociedad. En efecto, todos somos producto de una educación de la cual la escuela es una componente básica, aunque no exclusiva. Y en ella el maestro es protagonista (o se piensa que es protagonista) Entonces, es válido preguntar: ¿qué clase de maestros hemos tenido?, ¿qué clase de maestros tenemos?, ¿ellos nos han ayudado a interiorizar los valores morales y éticos que tenemos?, ¿quién nos enseñó a mentir?, ¿quién nos enseñó a planear “torcidos”?, ¿por qué nuestra gente  es tan violenta y al tiempo tan servil?, ¿por qué somos tan tolerantes ante la injusticia?, ¿por qué carecemos de una clase dirigente talentosa, estudiosa, con sentido de servicio y competencia para decidir?, ¿por qué somos proclives a la corrupción?, ¿por qué nuestra sociedad es tan indecente?

En este orden de ideas, no puedo menos que preguntar: ¿qué responsabilidad le corresponde a la escuela y al sector educativo en el tipo de ciudadano que integra  hoy la sociedad?, ¿qué hacer? Como maestro,  reconozco que la escuela, como institución y comunidad, está agotada, es decir, ella es impotente de formar ciudadanos con las competencias intelectuales, técnicas y humanas exigidas por el presente contexto histórico-social; la escuela está acorralada. En consecuencia, es urgente organizar una cruzada por la refundación de la escuela. ¿Qué clase de escuela nos conviene instituir?, ¿qué clase de maestros requiere esa escuela?, ¿qué clase de personas deseamos formar? La tarea es ardua y de gran aliento.


lunes, 10 de enero de 2011

UNA MIRADA AL INTERIOR DE LA ESCUELA

En torno a la institución escolar circulan muchos prejuicios. Uno de ellos es creer que es promotora de cambios y transformaciones, pero no; ella es portadora del conservadurismo. Otro, creer que es líder de la búsqueda, el análisis, la investigación e innovación, pero no; ella es líder del obscurantismo. También se piensa que es pionera de la libertad y la democracia, pero no; ella  es pionera  de la exclusión y del autoritarismo.

En la institución escolar todo parece obvio y todos los que allí conviven andan embebidos en los laberintos del formalismo repetitivo. Los prejuicios de la rutina y la obviedad se vuelven cultura funcional incuestionable e imposible de concebir su modificación. Hay en ella una compleja articulación de relaciones sociales y modos de ser-hacer tan difíciles de descifrar que dan por sentado que su modus operandi es insustituible.

En consecuencia, si se busca que la institución escolar sea protagonista de proyectos innovadores, es condición sine qua non develar sus mecanismos organizativos, el conjunto de significados que trasmite y el sistema de comunicación que subyace en el proceso educativo. En otras palabras, la institución escolar tiene su propia semiología que, casi siempre, se convierte en obstáculo para la innovación, y roer tal sistema de signos no es tarea fácil.

En efecto, los mecanismos organizativos de las instituciones escolares afectan,  con mayor resolución si cuenta con una dirección déspota e irracional, al sistema de relaciones de los distintos agentes educativos que se despliega en el ejercicio de los roles que tiene lugar en el proceso educativo. Y como el acto educativo es, en esencia, un acto de comunicación, se deduce que el proceso educativo es un hecho colectivo de construcción de significados que tiene la misión de prolongar y reproducir la cultura o de acortar y transformar. Este acto pedagógico, tan fundamental,  es esquivo a la mirada desprevenida de los estamentos educativos que  andan ocupados en formalismos rutinarios e improductivos.

Ilustremos la importancia del acto de comunicación en el quehacer educativo. Podemos decir, en general, que los discursos que circulan en las instituciones educativas apuntan hacia el deber-ser de las cosas pero, también por lo general, la estructura organizativa escolar establece la realidad de las cosas. Entonces, como vemos, surge la contradicción y el conflicto, por tanto, salta la pregunta del millón: ¿Si los discursos que circulan en las instituciones educativas  no sirven para cambiar la realidad escolar,  entonces para qué sirven? Pues para a lo que han llegado: ocultar la realidad a través del deseo expresado en los enunciados verbales. En la escuela se cultiva el discurso del ocultamiento.