domingo, 16 de enero de 2011

LA ROTACIÓN DE DOCENTES DIRECTIVOS

Por Guillermo León Vargas Zapata
Profesor ITEY gleonvaz@yahoo.es

Hay reflexiones que requieren, para asegurar ser comprendidas, se les defina algunos conceptos que hacen las veces de hilos conductores. Para el caso, comprendamos que la institución escolar es un patrimonio público, un bien de la sociedad que reclama de nuestra participación y vigilancia en el servicio que oferta; y los que en ella nos desempeñamos somos servidores públicos que, para bien y para mal, estamos expuestos a los juicios valorativos de la sociedad. A la sociedad le asiste el deber de vigilar a los centros escolares.

Asimismo, comprendamos que la dimensión productiva de una persona es la capacidad que posee para hacer uso de sus poderes congénitos en las realizaciones personales: poder de = capacidad (poder-capacidad) y poder sobre = dominio (poder-dominio) El poder-dominio toma vida o se despliega cuando se logra inmovilizar o entorpecer el poder-capacidad. La capacidad de hacer uso productivo de sus poderes es la potencia de una persona, la incapacidad es la impotencia.

En este marco de comprensión, adquieren sentido especial interrogantes como: ¿qué significa el enunciado constitucional que define a la educación colombiana como pública? ¿Dónde se discuten las políticas educativas en los entes territoriales? ¿Desde dónde y cómo se orientan las políticas educativas para las instituciones escolares? ¿Cómo se gestionan los recursos para éstas, cómo se asignan? ¿De qué manera se evalúan las administraciones escolares? ¿Cómo se administran los colegios? ¿Funciona en éstos el gobierno escolar? ¿Cómo se experimentan en los centros escolares las relaciones entre sus estamentos? ¿Quién le pide cuentas a las instituciones escolares, quién las da y cómo? Como ven, es imperativo que la suerte de las instituciones educativas esté siempre presente en la comunidad como tema de discusión.

Ante el habitual fracaso escolar, expertos en educación recomiendan afinar la mirada y el análisis hacia el interior de los colegios, hacia la manera como se administran e implementan los diseños curriculares, de tal manera que se develen sus mecanismos administrativos y organizativos  y el conjunto de significados y mandatos que transmiten. ¿Por qué la recomendación? Las razones son múltiples, pero la básica es el mito que, a través de los años,  se ha logrado aferrar o consolidar en muchas mentes: Los directivos docentes de las instituciones públicas formales son inamovibles, insustituibles, y el cuestionamiento de la estructura organizativa que logran hilar es motivo de exclusión, señalamiento y persecución. En lo que sigue,  pretendo reflexionar sobre el particular.

Los entendidos en las cuestiones educativas formales sostienen que una excelente administración escolar es el resultado de saber desplegar el poder-capacidad por parte del rector o rectora, persona responsable de la suerte de la institución. El poder-capacidad garantiza una vida escolar productiva; un ambiente de trabajo gratificante y coordinado; armonía eficiente entre las diferentes áreas de gestión; una comunicación fluida, abierta, sincera y democrática; una colectividad con sentido de pertenencia. En fin, una excelente institución.

No cabe duda de que la realidad es otra. Investigaciones muestran que, en su gran mayoría, los directivos docentes – ante todo rectores y rectoras – al poco tiempo de haberse posesionado en el cargo,  empiezan a desplegar el poder-dominio. Desde luego que esta metamorfosis viene acompañada de mutaciones psicológicas, culturales, antropológicas, intelectuales, emocionales y económicas. La primera seña de la mutación es integrar un grupo de docentes que le sirva de escudero y a través de él “administrar” la institución.  El poder-dominio se legitima y “el que no esté conmigo, está contra mí”. El centro escolar se vuelve un infierno.

Es por ello que se recomienda rotar periódicamente a los directivos docentes. Cada cinco años en un tiempo prudente. Se abre la discusión reflexiva.


RE – CREAR AL MAESTRO Y SU FUNCIÓN

Por Guillermo León Vargas Zapata
Profesor ITEY gleonvaz@yahoo.es

Marchábamos los maestros de la Alcaldía a la Gobernación denunciando la precariedad del servicio en salud que nos presta Colombiana de Salud y exigiendo su mejoría cuando un padre de familia, apostado en la vera de la marcha, quiso informarse del porqué suspendíamos las clases,  del porqué dejábamos a los alumnos sin clases. La actitud del padre de familia como que molestó a algunos colegas porque la compañera que controlaba el micrófono intentaba, algo irritada,  responderle.  “Cuando los docentes marchamos exigiendo mejoría en el servicio de salud, también estamos reclamando por la salud de los padres de familia, de sus hijos y del pueblo en general”, empezó a salir a borbotones por los altoparlantes, y un coro machacaba “! Compañero mirón, únete al montón! ” “! El maestro luchando, también está educando!” “! El pueblo unido, jamás será vencido!”

Soy de los que piensan que esto también es lo que tiene que cambiar, cambiar la estrategia de hacernos sentir, de exigir nuestros derechos y de ganar la simpatía de amplios sectores sociales. Esta es la gran revolución que planteó el Movimiento Pedagógico, pero que un sector arcaico, dogmático y sectario de FECODE se empeñó en torpedear de manera sistemática. Es necesario que volvamos la atención hacia lo esencial, hacia lo fundamental, hacia la Pedagogía y el conocimiento. Muy triste y deplorable decir que un grueso grupo de maestros la tomado distancia de la Pedagogía y se ha refugiado en una práctica educativa estéril, rutinaria, autoritaria y que perpetúa el estado de cosas.

Bajo esta perspectiva, sospecho – junto con un sinnúmero de colegas – que el eterno conflicto entre maestros y el gobierno no es más que una sutil estrategia de la que se benefician expresiones políticas e ideológicas enquistadas en el magisterio y, también, el propio gobierno para destruirnos la dignidad, usurparnos nuestra identidad profesional y señalarnos de cómplices con aquellos que no les interesa que nuestro pueblo se eduque y progrese. ¡Basta de seguir haciéndole el juego a esta trampa ideológica! Necesitamos recrearnos como personas y profesionales de la Pedagogía y modernizar nuestro quehacer.

Indicación de la mencionada estrategia es que el Estado asume que nosotros los maestros no podemos pensar ni diseñar alternativas innovadoras en educación, y, entonces, nos determina – con pelos y señales – todo lo que debemos enseñar, cómo, cuándo, en qué tiempo y en qué orden. Y nosotros le hacemos el juego: no hacemos esfuerzo por superarnos, no producimos alternativas, le sacamos el cuerpo a los compromisos y todo nos da pereza. FECODE ni los sindicatos seccionales cuentan con proyectos pedagógicos alternativos, viables y aglutinantes.

En este horizonte de sentido, sólo un maestro que tome la decisión de ser participativo, constructor de Estado, soporte del saber pedagógico, de la ciencia y la cultura puede ser un transformador social. Sólo un maestro que cultiva el gusto por el arte y la vida, puede formar niños sanos, alegres, libres, seguros y conscientes de sus derechos y deberes.




¿Y DE LA ESCUELA QUÉ?

Llegó a mis manos un ejemplar del periódico HOLA CASANARE, leí con atención su editorial Modelo para un Buen Gobierno. En síntesis, contempla tres ideas:

Primera: “Un buen gobierno es el que se encarga de suscitar las condiciones necesarias para un mandato ordenado,… es aquel que no sólo encamina sus intereses sino también sus acciones para el beneficio colectivo.”

Segunda: “En la Constitución de 1991 se le otorga al pueblo facultades como veedor y la posibilidad de ser la esencia y centro de consulta para la formalización  de políticas publicas  y velar para que las acciones del gobierno estén encaminadas desde los principios de transparencia, oportunidad e igualdad al beneficio común”.

Tercera: “¿Cómo y qué debemos hacer los casanareños y yopaleÑos para hacer que las acciones de nuestros gobernantes estén encaminadas a construir desde su ejercicio de mandatarios políticas públicas y decisiones administrativas que contribuyan a hacer modelos de buen gobierno? En gran parte se trata de poner en práctica verdaderos valores morales y éticos”.

Por último, nos hace la invitación para que “seamos parte de la construcción de un buen gobierno”.

Terminé la lectura con una sensación de vacío y exclusión, algo le faltaba a la propuesta. Como docente, me pregunto: ¿y de la escuela qué?, ¿por qué la costumbre de no tener presente a la escuela en los hechos importantes?,  ¿será que se cree que la escuela no piensa ni opina?, ¿qué es la escuela para los gobernantes?, ¿cómo podría la escuela hacer parte del proceso de concebir e implementar un buen gobierno?

En lo que sigue,  intento  mostrar que la escuela podría jugar un papel relevante en dicho proceso.

Cuando se afrontan temas complicados, como el que nos ocupa, es aconsejable comenzar por lo más obvio que, por supuesto, no siempre es lo más evidente. En este caso, lo elemental es comenzar por decir que la Escuela (colegios, institutos y universidades) es la institución,  legitimada por la sociedad y el Estado, encargada de preparar a niños y jóvenes para que se integren proactivamente al quehacer de la sociedad. Como vemos, la escuela cuenta en la construcción de un buen gobierno. Pero, ¿qué clase de escuela?

Es precisamente aquí, en su propia misión, donde salta la pregunta acerca de la responsabilidad que le corresponde a la escuela y al sector educativo en el tipo de ciudadanos que hacen parte hoy de la sociedad. En efecto, todos somos producto de una educación de la cual la escuela es una componente básica, aunque no exclusiva. Y en ella el maestro es protagonista (o se piensa que es protagonista) Entonces, es válido preguntar: ¿qué clase de maestros hemos tenido?, ¿qué clase de maestros tenemos?, ¿ellos nos han ayudado a interiorizar los valores morales y éticos que tenemos?, ¿quién nos enseñó a mentir?, ¿quién nos enseñó a planear “torcidos”?, ¿por qué nuestra gente  es tan violenta y al tiempo tan servil?, ¿por qué somos tan tolerantes ante la injusticia?, ¿por qué carecemos de una clase dirigente talentosa, estudiosa, con sentido de servicio y competencia para decidir?, ¿por qué somos proclives a la corrupción?, ¿por qué nuestra sociedad es tan indecente?

En este orden de ideas, no puedo menos que preguntar: ¿qué responsabilidad le corresponde a la escuela y al sector educativo en el tipo de ciudadano que integra  hoy la sociedad?, ¿qué hacer? Como maestro,  reconozco que la escuela, como institución y comunidad, está agotada, es decir, ella es impotente de formar ciudadanos con las competencias intelectuales, técnicas y humanas exigidas por el presente contexto histórico-social; la escuela está acorralada. En consecuencia, es urgente organizar una cruzada por la refundación de la escuela. ¿Qué clase de escuela nos conviene instituir?, ¿qué clase de maestros requiere esa escuela?, ¿qué clase de personas deseamos formar? La tarea es ardua y de gran aliento.


lunes, 10 de enero de 2011

UNA MIRADA AL INTERIOR DE LA ESCUELA

En torno a la institución escolar circulan muchos prejuicios. Uno de ellos es creer que es promotora de cambios y transformaciones, pero no; ella es portadora del conservadurismo. Otro, creer que es líder de la búsqueda, el análisis, la investigación e innovación, pero no; ella es líder del obscurantismo. También se piensa que es pionera de la libertad y la democracia, pero no; ella  es pionera  de la exclusión y del autoritarismo.

En la institución escolar todo parece obvio y todos los que allí conviven andan embebidos en los laberintos del formalismo repetitivo. Los prejuicios de la rutina y la obviedad se vuelven cultura funcional incuestionable e imposible de concebir su modificación. Hay en ella una compleja articulación de relaciones sociales y modos de ser-hacer tan difíciles de descifrar que dan por sentado que su modus operandi es insustituible.

En consecuencia, si se busca que la institución escolar sea protagonista de proyectos innovadores, es condición sine qua non develar sus mecanismos organizativos, el conjunto de significados que trasmite y el sistema de comunicación que subyace en el proceso educativo. En otras palabras, la institución escolar tiene su propia semiología que, casi siempre, se convierte en obstáculo para la innovación, y roer tal sistema de signos no es tarea fácil.

En efecto, los mecanismos organizativos de las instituciones escolares afectan,  con mayor resolución si cuenta con una dirección déspota e irracional, al sistema de relaciones de los distintos agentes educativos que se despliega en el ejercicio de los roles que tiene lugar en el proceso educativo. Y como el acto educativo es, en esencia, un acto de comunicación, se deduce que el proceso educativo es un hecho colectivo de construcción de significados que tiene la misión de prolongar y reproducir la cultura o de acortar y transformar. Este acto pedagógico, tan fundamental,  es esquivo a la mirada desprevenida de los estamentos educativos que  andan ocupados en formalismos rutinarios e improductivos.

Ilustremos la importancia del acto de comunicación en el quehacer educativo. Podemos decir, en general, que los discursos que circulan en las instituciones educativas apuntan hacia el deber-ser de las cosas pero, también por lo general, la estructura organizativa escolar establece la realidad de las cosas. Entonces, como vemos, surge la contradicción y el conflicto, por tanto, salta la pregunta del millón: ¿Si los discursos que circulan en las instituciones educativas  no sirven para cambiar la realidad escolar,  entonces para qué sirven? Pues para a lo que han llegado: ocultar la realidad a través del deseo expresado en los enunciados verbales. En la escuela se cultiva el discurso del ocultamiento.