Llegó a mis manos un ejemplar del periódico HOLA CASANARE, leí con atención su editorial Modelo para un Buen Gobierno. En síntesis, contempla tres ideas:
Primera: “Un buen gobierno es el que se encarga de suscitar las condiciones necesarias para un mandato ordenado,… es aquel que no sólo encamina sus intereses sino también sus acciones para el beneficio colectivo.”
Segunda: “En la Constitución de 1991 se le otorga al pueblo facultades como veedor y la posibilidad de ser la esencia y centro de consulta para la formalización de políticas publicas y velar para que las acciones del gobierno estén encaminadas desde los principios de transparencia, oportunidad e igualdad al beneficio común”.
Tercera: “¿Cómo y qué debemos hacer los casanareños y yopaleÑos para hacer que las acciones de nuestros gobernantes estén encaminadas a construir desde su ejercicio de mandatarios políticas públicas y decisiones administrativas que contribuyan a hacer modelos de buen gobierno? En gran parte se trata de poner en práctica verdaderos valores morales y éticos”.
Por último, nos hace la invitación para que “seamos parte de la construcción de un buen gobierno”.
Terminé la lectura con una sensación de vacío y exclusión, algo le faltaba a la propuesta. Como docente, me pregunto: ¿y de la escuela qué?, ¿por qué la costumbre de no tener presente a la escuela en los hechos importantes?, ¿será que se cree que la escuela no piensa ni opina?, ¿qué es la escuela para los gobernantes?, ¿cómo podría la escuela hacer parte del proceso de concebir e implementar un buen gobierno?
En lo que sigue, intento mostrar que la escuela podría jugar un papel relevante en dicho proceso.
Cuando se afrontan temas complicados, como el que nos ocupa, es aconsejable comenzar por lo más obvio que, por supuesto, no siempre es lo más evidente. En este caso, lo elemental es comenzar por decir que la Escuela (colegios, institutos y universidades) es la institución, legitimada por la sociedad y el Estado, encargada de preparar a niños y jóvenes para que se integren proactivamente al quehacer de la sociedad. Como vemos, la escuela cuenta en la construcción de un buen gobierno. Pero, ¿qué clase de escuela?
Es precisamente aquí, en su propia misión, donde salta la pregunta acerca de la responsabilidad que le corresponde a la escuela y al sector educativo en el tipo de ciudadanos que hacen parte hoy de la sociedad. En efecto, todos somos producto de una educación de la cual la escuela es una componente básica, aunque no exclusiva. Y en ella el maestro es protagonista (o se piensa que es protagonista) Entonces, es válido preguntar: ¿qué clase de maestros hemos tenido?, ¿qué clase de maestros tenemos?, ¿ellos nos han ayudado a interiorizar los valores morales y éticos que tenemos?, ¿quién nos enseñó a mentir?, ¿quién nos enseñó a planear “torcidos”?, ¿por qué nuestra gente es tan violenta y al tiempo tan servil?, ¿por qué somos tan tolerantes ante la injusticia?, ¿por qué carecemos de una clase dirigente talentosa, estudiosa, con sentido de servicio y competencia para decidir?, ¿por qué somos proclives a la corrupción?, ¿por qué nuestra sociedad es tan indecente?
En este orden de ideas, no puedo menos que preguntar: ¿qué responsabilidad le corresponde a la escuela y al sector educativo en el tipo de ciudadano que integra hoy la sociedad?, ¿qué hacer? Como maestro, reconozco que la escuela, como institución y comunidad, está agotada, es decir, ella es impotente de formar ciudadanos con las competencias intelectuales, técnicas y humanas exigidas por el presente contexto histórico-social; la escuela está acorralada. En consecuencia, es urgente organizar una cruzada por la refundación de la escuela. ¿Qué clase de escuela nos conviene instituir?, ¿qué clase de maestros requiere esa escuela?, ¿qué clase de personas deseamos formar? La tarea es ardua y de gran aliento.
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