En torno a la institución escolar circulan muchos prejuicios. Uno de ellos es creer que es promotora de cambios y transformaciones, pero no; ella es portadora del conservadurismo. Otro, creer que es líder de la búsqueda, el análisis, la investigación e innovación, pero no; ella es líder del obscurantismo. También se piensa que es pionera de la libertad y la democracia, pero no; ella es pionera de la exclusión y del autoritarismo.
En la institución escolar todo parece obvio y todos los que allí conviven andan embebidos en los laberintos del formalismo repetitivo. Los prejuicios de la rutina y la obviedad se vuelven cultura funcional incuestionable e imposible de concebir su modificación. Hay en ella una compleja articulación de relaciones sociales y modos de ser-hacer tan difíciles de descifrar que dan por sentado que su modus operandi es insustituible.
En consecuencia, si se busca que la institución escolar sea protagonista de proyectos innovadores, es condición sine qua non develar sus mecanismos organizativos, el conjunto de significados que trasmite y el sistema de comunicación que subyace en el proceso educativo. En otras palabras, la institución escolar tiene su propia semiología que, casi siempre, se convierte en obstáculo para la innovación, y roer tal sistema de signos no es tarea fácil.
En efecto, los mecanismos organizativos de las instituciones escolares afectan, con mayor resolución si cuenta con una dirección déspota e irracional, al sistema de relaciones de los distintos agentes educativos que se despliega en el ejercicio de los roles que tiene lugar en el proceso educativo. Y como el acto educativo es, en esencia, un acto de comunicación, se deduce que el proceso educativo es un hecho colectivo de construcción de significados que tiene la misión de prolongar y reproducir la cultura o de acortar y transformar. Este acto pedagógico, tan fundamental, es esquivo a la mirada desprevenida de los estamentos educativos que andan ocupados en formalismos rutinarios e improductivos.
Ilustremos la importancia del acto de comunicación en el quehacer educativo. Podemos decir, en general, que los discursos que circulan en las instituciones educativas apuntan hacia el deber-ser de las cosas pero, también por lo general, la estructura organizativa escolar establece la realidad de las cosas. Entonces, como vemos, surge la contradicción y el conflicto, por tanto, salta la pregunta del millón: ¿Si los discursos que circulan en las instituciones educativas no sirven para cambiar la realidad escolar, entonces para qué sirven? Pues para a lo que han llegado: ocultar la realidad a través del deseo expresado en los enunciados verbales. En la escuela se cultiva el discurso del ocultamiento.
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